dimarts, 24 de maig de 2016

Una recomendación con el Padre Damián de fondo





Ahora que se aproxima la fiesta del Corpus Christi nos gustaría recomendar vivamente un libro: “Aquí en el cielo”, de la teóloga Mª Dolores López Guzmán, editado por Sal Terrae. Experta en diálogo y reconciliación, nos brinda en este volumen el resultado de su trabajo docente en la asignatura “el cielo en la tierra”, donde afronta dos cuestiones fundamentales: la posibilidad de experimentar la vida eterna en la cotidianidad y la imperiosa necesidad de buscar imágenes que nos ayuden a aproximarnos al paisaje del Más Allá, que nos espera al final de la vida pero que ya podemos vislumbrar aquí en parte.

En las páginas 189-190 hace referencia a la vivencia de la eucaristía hoy día. E inserta una reflexión sobre la manera en la que nuestro Padre Damián creó un clima para celebrarla que seguramente alegró profundamente el corazón de Dios. Ahí va el texto, que puede ayudarnos a renovar la necesidad de la eucaristía en nuestras vidas.

“La eucaristía es un ‘lugar’ privilegiado para vivir el cielo. Un auténtico compendio de sensaciones para ser percibidas por los sentidos y adentrarnos en lo que nos aguarda. ‘Venid, reuníos para el gran banquete de Dios’ (Ap 19,17).

Lástima que en muchas misas pese más el tedio que la experiencia del espíritu. Las razones que explican esta situación son múltiples, pero algunas de las más reseñables son las siguientes: por un lado, las homilías largas y desconectadas de la realidad; por otro, la actitud generalizada de desgana y falta de fe de los asistentes; y, por último la falta de tino en la actualización e inculturación de las celebraciones, especialmente para los jóvenes.

Ver las iglesias casi vacías, con gente mayor, cánticos poco atractivos y olor a rancio, también ‘echa para atrás’. Pero en este caso la responsabilidad principal está en nuestra mirada acostumbrada a la publicidad, la estética fácil y el prêt-à-porterSolo cuando alguien se dispone a contemplar la belleza de la pobreza de Dios y también la nuestra, estará capacitado para emocionarse con aquellos que, desde su fragilidad, mantienen la antorcha de la fe para las siguientes generaciones. 

En la isla de Molokai, donde abandonaban a su suerte a los leprosos, el padre Damián creó una banda de música y una coral con sus fieles pacientes para animar las misas. Con humor le escribía a su hermano Pánfilo: ‘Te invito a que vengas a oír cantar a mis muchachos en misa mayor. Dos se sientan al teclado del armonio y se ayudan para el acompañamiento, pues ambos han perdido algunos dedos. Cuatro manos enfermas ejecutan piezas que vuestros grandes organistas tocan con dos manos sanas. Son muy hábiles. Pedro se va defendiendo con su clarinete’. A los ojos del mundo, una escena patética, poco atractiva; a los ojos de Dios, una muestra entrañable de amor y de fe, en la que lo más importante no es nuestro amor, sino el suyo. Eucaristía viva y celestial”.

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